Parroquia San Enrique - PAMPLONA (España)


INICIO
SECCIONES

El nombre "ENRIQUE"


Nombre de origen germano que han llevado numerosos reyes europeos. Formado por "haim", que significa "hogar", y "rik", "rey", quiere decir "el que reina en el hogar" o según otros significa "casa poderosa"


Enrique en algunas lenguas se dice:


 
        Castellano:    Enrique
        Euskera:        Henrike, Enrike, Endika
        Catalán:        Enric
        Gallego:        Henrique
        Portugués:     Enrique
        Francés:        Henri
        Italiano:        Enrico, Arrigo
        Inglés:          Henry, Harry
        Alemán:        Heinrich, Heinz
        Kinyarwanda: Heneriko




Día o Fiesta de San Enrique


Antes se celebraba su fecha el 15 de julio en recuerdo de San Enrique Emperador, que fue rey de Alemania con el título de Enrique II y emperador del Sacro Imperio Romano, en sucesión de Otón III, en los siglos X-XI, (973-1024)

Ahora, desde la última reforma del calendario litúrgico, su fiesta se celebra el día 13 de julio, porque ese día es el aniversario de su muerte ocurrida el 13 de julio del año 1024. Con esta última reforma litúrgica desaparece el título de Emperador por ser un título civil.


De la vida de San Enrique (973-1024)




San Enrique, nieto de Odón el Grande y de Carlomagno, nació en el año 973, en la ciudad de Baviera, en el castillo que su padre, duque de Baviera, tenía a las orillas del Danubio.

El joven Enrique pasa los primeros años de su vida en el monasterio benedictino de Hildesheim. Vive como un novicio al lado de los monjes. Aprende a la vez las letras y los salmos, estudia las Sagradas Escrituras, se ejercita en la práctica de la virtud y aspira a la perfección.

Completa su educación bajo la tutela del obispo de Regensburg, San Wolfang. Enrique acogía en la buena tierra de su corazón la semilla que sembraba su maestro y que produciría mucho fruto, el ciento por uno.

Las fechas de su vida política se sucedieron rápidas. El 995, sucedió a su padre en el gobierno del ducado de Baviera. En 1002, rey de Germania, proclamado en Maguncia. El 1014 Benedicto VIII lo consagra en Roma Emperador del Sacro Imperio Romano Germánico.

Se hizo notar por su interés en la reforma de la vida de la Iglesia en su país y, fuera de sus fronteras, promoviendo la actividad misionera.

Enrique quería inspirar siempre su política en la doctrina cristiana. Es la política del "Príncipe cristiano" de San Roberto Belarmino, la "política de Cristo" que dirá Quevedo. Su afán es extender la religión y su benéfica influencia por todas partes. Y recomienda que "nuestro corazón viva ya desde ahora en el cielo por el deseo y el amor. Porque la gloria presente, mientras se posee, es caduca y vana, a no ser que nos ayude en algún modo a pensar en la eternidad celestial".
Al final de su vida, Enrique, llamado con razón el Piadoso, se retira al monasterio de Vanne. El abad Ricardo le ordena volver al trono. Pero poco después, el 13 de julio del año 1024, a los cincuenta y dos años, recibía la corona de la gloria en el castillo de Grona.

De entre todas las iglesias, la que merecía su particular predilección era la catedral de Bamberg, que él mismo había edificado, y que está considerada como el mejor testimonio alemán del tránsito del románico al gótico, y en la que reposan las reliquias de San Enrique II junto con su esposa Santa Cunegunda.  Junto a la estatua del famoso caballero de Bamberg, se encuentra un monumento en memoria de los "Santos Enrique y Cunegunda, que brillaron en medio de las tinieblas de su tiempo como dos lises de oro sobre el altar". También se encuentran en esta catedral los restos del emperador Conrado III y la única tumba papal al norte de los Alpes.

Fue canonizado el 1146 por el Papa Eugenio III.




Catedral de Bamberg


La gente lo llamaba Enrique el piadoso, pues buscaba con todas sus fuerzas extender el catolicismo. Apoyó todo aquello que contribuía a la evangelización. Su esposa Santa Cunegunda, mujer ejemplar, lo ayudó mucho. Un día que le recomendaron tratar con crueldad a ciertos revoltosos, respondió lo que creía firmemente: "Dios no me dio la autoridad para hacer sufrir a la gente, sino para tratar de hacer el mayor bien posible". Se ganó merecidamente el amor y la veneración de sus gobernados.
Funda iglesias y monasterios para fomentar el culto divino, crea obispados, reúne dietas conciliares, defiende los derechos de la Iglesia, influye en la conversión de San Esteban de Hungría, que se había casado con una hermana suya. La diócesis de Bamberg, en cuya catedral, reposan los restos de San Enrique y de su esposa Santa Cunegunda fue fundada en el año 1007.
Mantiene una estrecha amistad con el famoso y longevo abad de Cluny, Odilón. Juntos trabajan en la reforma eclesiástica, deponiendo prelados y abades indignos, restituyendo la disciplina y la observancia regular.

Trabajó también mucho por la paz y por la extensión del evangelio.
Junto a esta vida agitada, llevaba cuando podía una vida recogida y piadosa como un monje.
San Enrique es el último emperador canonizado por la Iglesia católica.


Época en que vivió San Enrique


Los tiempos en que vivió San Enrique, final del primer milenio y comienzos del segundo,  y de acuerdo con un famoso historiador (Evangelista Vilanova) nos dice que "en la historia de la Iglesia los siglos X y XI son un periodo en que se manifiestan dos impulsos contrario, uno provocador del otro: una tendencia hacia la decadencia y un movimiento de reforma".

En el campo civil, la organización feudal, se va deteriorando progresivamente y van surgiendo las luchas entre los diversos señores locales. Sin embargo, sigue viva la idea de la unidad política de Occidente, simbolizada en la figura del emperador del Sacro Imperio Romano de la Nación Germánica.

En el campo eclesiástico, se produce una pérdida de prestigio de la institución papal por culpa de la indignidad de bastantes de los ocupantes de la sede, o cátedra de Pedro, junto con una decadencia general de la vida cristiana en todos los estamentos. El clero vivía una de las épocas más bajas de toda la historia de la Iglesia (la simonía -consistente en obtener con dinero cargos y honores eclesiásticos - y el nicolaísmo, es decir la conculcación de la ley del celibato eclesiástico.

Pero precisamente en medio de esta decadencia aparece un movimiento de protesta, que fundamenta la reforma en todos los países y a todos los niveles, tanto en las estructuras religiosas como civiles.

En dicho movimiento de reforma tuvieron un intervención muy positiva los emperadores, entre ellos nuestro San Enrique. La mayoría de los historiadores están de acuerdo en afirmar que si el papado pudo remontar lentamente el abismo en el que había caído en el siglo X, fue en gran parte mérito de dichos emperadores. 


Apoyó al Papa Benedicto VIII               


A San Enrique le tocó intervenir en una cuestión fundamental para la Iglesia universal respecto al papado. Nos cuentan que después de la muerte del papa Silvestre II (año 1003) el príncipe Juan Crescencio era el amo de la ciudad de Roma y lograba imponer papas a su gusto, pero otra familia de Roma consigue elegir papa a un miembro de su familia con el nombre de Benedicto VIII, coincidiendo con el de la otra familia llamado Gregorio VI. Al no lograr dominar la ciudad ninguno de los dos pretendientes, decidieron ambos acudir a San Enrique para que dirimiera la cuestión. Enrique, con gran pureza de conciencia, mandó examinar el tema y decidió finalmente que el verdadero papa era Benedicto VIII. Naturalmente el papa le quedó sumamente reconocido y se mostró dispuesto a coronarle emperador en Roma si Enrique se dignaba bajar hasta la ciudad de los papas.
Así lo hizo acompañado de su esposa, Santa Cunegunda.





INICIO
SECCIONES

Coronación de San Enrique y de su esposa


El domingo 14 de febrero del año 1014, Enrique y su esposa reciben en la iglesia de San Pedro de Roma, de manos del Papa Benedicto VIII, la corona imperial y, según parece, por primera vez en Occidente, recibió del mismo Papa, en premio a su celo por la religión, un globo de oro y piedras preciosas, rematado en una cruz, símbolo de su poder universal. Enrique lo agradece, entiende el simbolismo y lo manda llevar a la abadía de Cluny.
Según nos cuenta un testigo presencial de la misa de coronación de San Enrique celebrada en Roma, es entonces cuando se introduce por primera vez en Roma - y a petición de él mismo - la costumbre de recitar el Credo después de la lectura del evangelio, que desde hacía tiempo se practicaba ya en la corte de Alemania, concretamente en Aquisgrán. En efecto a San Enrique le gustaban las suntuosas liturgias de las iglesias de Germania. De ahí que, según se cuenta, se extrañara al constatar que en Roma no se decía el Credo en la Misa: a instancias suyas el papa Benedicto VIII prescribió que se cantara el Credo en las misas de los domingos y fiestas.                               
Fueron muchas e importantes las intervenciones que Enrique tuvo para defender al papa y sus posesiones, logrando devolver a la Santa Sede ciudades importantes que le habían arrebatado sus enemigos.


Algunas narraciones legendarias


Las narraciones legendarias que más llaman la atención - y que, por ello han dado pie a algunos de los temas más típicos de la iconografía de san Enrique - son las que

1.    Se refieren a su matrimonio blanco con su esposa santa Cunegunda, junto con la prueba de la inocencia de ésta a través de un "juico de Dios".

2.   La extirpación milagrosa, por la invocación de san Benito, de un cálculo biliar que afectaba la salud del santo emperador.

3.    Y a la decisiva intervención de san Lorenzo en el momento de la muerte de Enrique, haciendo decantar la balanza con la que San Miguel pesa las almas en favor suyo, gracias a un cáliz de oro que había regalado a la Iglesia de san Lorenzo de Merseburgo.


La inocencia de Santa Cunegunda           


Así narra el hagiógrafo Robert Quardt el episodio del juicio de Dios sobre la inocencia de santa Cunegunda:

"Como al mundo le gusta oscurecer lo resplandeciente y sumir en el polvo lo elevado, hubo algunos calumniadores que se atrevieron a mover su lengua contra la noble y santa emperatriz Cunegunda, acusándola de forma tan insidiosa de que era infiel a su marido, que aun el mismo emperador Enrique, al menos durante algún tiempo, dio oídos a esa calumnia.
Fueron días y semanas muy amargos para los dos santos esposos. Cunegunda oró mucho y exigió finalmente que, para probar su inocencia, se hiciera un juicio de Dios, como era costumbre en aquellos tiempos.
Se pusieron uno junto a otro diez arados de madera y se les prendió fuego. La emperatriz pasó sobre ellos con los pies descalzos sin sufrir la más leve quemadura. Quedaba bien manifiesta su inocencia. Y cuando acto seguido el emperador condenó a muerte al que había propalado la calumnia, Cunegunda intercedió tanto por él, que Enrique le hizo merced de la vida y la libertad. De esta manera la santa emperatriz ejercitó una actitud cristiana que, a imitación del Salvador crucificado, consiste en perdonar de corazón a todos los enemigos".


Para rezar

Oh Dios,
        que has llevado a san Enrique,
        movido por la generosidad de tu gracia,
        a la contemplación de las cosas eternas
        desde las preocupaciones del gobierno temporal;
        concédenos, por sus ruegos,
        caminar hacia ti con sencillez de corazón
        en medio de las vicisitudes de este mundo.
        (Oración del Misal)

        San Enrique, desde el cielo,
        mira a nuestros gobernantes

        y a los de todos los países.
        Tu época era muy distinta de la nuestra
        y tú, en tu tiempo, quisiste ser fiel a Dios.
        Ayuda ahora a los gobernantes,
        sean creyentes o no,
        a trabajar por el bienestar y la felicidad de todos,
        porque eso es lo que Dios quiere.
        Que los pobres puedan salir de su pobreza,
        que acabe la opresión de los países del Tercer Mundo,
        que se haga lo necesario para que terminen las guerras
        y el negocio de las armas,
        que la justicia y la libertad llegue a todos,
        que nadie tenga que vivir con temor y tristeza
        en ningún lugar del mundo,
        Y a nosotros,
        ayúdanos a trabajar para que el amor de Jesucristo
        impregne todos los rincones del planeta.


       

De entre las ricas e importantes ceremonias descritas en el ritual del Pontifical romano germánico, recogemos las invocaciones llamadas Laudes, que ya fueron cantadas el año 800 en la coronación de Carlomagno y que, deseando felicidad para el nuevo emperador, aclaman a Cristo como Rey:

   
    "¡Al excelentísimo Enrique,
    coronado por Dios, vida y victoria!
    Cristo vence, Cristo reina, Cristo impera.
    Rey de reyes, Cristo vence. Rey nuestro, Cristo reina.
    Esperanza nuestra, Cristo impera.
    A él solo el imperio, la gloria y el poder
    por los siglos de los siglos inmortales. Amén"


                           

AURORA DE SAN ENRIQUE
(Música -Divina Estrella)

Fuiste San Enrique
rey de los cristianos
que en tiempos paganos
te tocó reinar.                                            

Portando las llaves
con manos expertas
abriendo las puertas
a la cristiandad.

Oye a este pueblo que ardiente llama
y te proclama por su patrón
Haz que los hombres sean hermanos
bajo tu mano de protección.

Son altos designios
que Dios da a los hombres,
para que su nombre
tome posesión.

Tomando por faro
la cruz salvadora,
que siempre pregona
la bondad y el amor.

Oye a este pueblo...


Estrenada en la Parroquia de San Enrique de Pamplona
El día 16 de febrero de 2003 por los Auroros de Santa María 


INICIO
SECCIONES